III
Se tumbó en la arena, la vista cansada, la memoria rendida. El ruido de las olas le llegaba en verso a los oídos, se convertía en espuma en su cabeza y se retiraba, pies abajo, dejándole una sensación de espacios en blanco bajo la nuca. Durmió.
La noche le despertó en forma de marea alta, mojándole las piernas con la misma cadencia con que el oleaje le había dormido horas atrás. Horas... tenía una sensación extraña al pensar en el tiempo. Quizá, pensó, al estar muerto es lo que ocurre. Pero... ¿lo estaba?
Lo mejor sería reemprender el camino... buscar respuestas.

3 Comments:
Parecía que había una ciudad, más allá de la curva de la playa, pero estaba
lejos.
Se acuclilló sobre la arena húmeda, abrazado a las rodillas, y tembló.
Permaneció así largo rato, aun después de haber dejado de temblar. La
ciudad era baja y gris. Unos bancos de niebla que llegaban rodando sobre
las olas la oscurecían por momentos. Le pareció una vez que en realidad no
era una ciudad, sino un edificio aislado, tal vez una ruina: no podía saber a
qué distancia estaba. La arena era del tono de la plata vieja cuando aún no
se ha ennegrecido por completo. La playa era de arena, muy larga; la arena
estaba húmeda y le mojaba el ruedo de los tejanos. Se cruzó de brazos y se
balanceó, cantando una canción sin palabras ni melodía.
El cielo era de un plateado distinto. Chiba. Como el cielo de Chiba. ¿La
bahía de Tokio? Se volvió y se quedó mirando el mar, añorando el logo
holográfico de la Fuji Electric, el zumbido de un helicóptero, cualquier cosa.
Detrás de él, chilló una gaviota. Case se estremeció.
Se estaba levantando un viento. La arena le golpeó la cara. La apoyó en las
rodillas y lloró; el ruido de sus propios sollozos le pareció tan distante y
ajeno como el graznido de la gaviota hambrienta. Empapó los tejanos con
orina tibia que goteó sobre la arena y rápidamente se enfrió en el viento de
mar. Cuando dejó de llorar, le dolía la garganta.
-Wintermute -balbuceó a sus rodillas-, Wintermute...
[...]
La marea había dejado en la playa dibujos más delicados que los de
cualquier jardinero de Tokio. Tras una docena de pasos en dirección a la ciudad, ahora visible, se volvió y miró de nuevo la oscuridad que se
apelmazaba. Las huellas de sus pies se extendían hasta el sitio donde había
llegado. Ninguna otra marca turbaba la arena ennegrecida.
Neuromante. W.Gibson.
me recordó a esto
Vaya... no he leído nada de Mr. Gibson, es una de mis asignaturas pendientes en ci-fi. La verdad, ni siquiera sé adónde irá la historia, si es que va a algún lado. Gracias por el fragmento, y... ¿nos conocemos?
de nada, y si, nos conocemos aunque poco. Me ha gustado mucho lo que he leído, anímate y termina la historia.
PD: Si es que no se puede ;)
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